Crónicas

Se les denomina crónica a los relatos de acontecimientos presentados de forma cronológica.

La finalidad de la crónica es transportar al lector al momento del hecho y transmitirlo al momento de los acontecimientos de forma secuencial.

Toda crónica debe ser lo más explícita, detallista y explicativa posible respecto al tema sobre el que se está narrando.

Características de las Crónicas

  • Para determinar el ritmo y la credibilidad de lo narrado, el tiempo es fundamental.
  • La narrativa es esencial para contar los sucesos y establecer la importancia de la misma.
  • Cuenta con elementos valorativos y estilo muy personal del escritor.
  • No solo narra la noticia, también emite juicios valorativos sobre los acontecimientos.
  • Narra un acontecimiento de interés colectivo.
  • Su lenguaje es fácil de entender
  • Se entiende como una interpretación y análisis subjetivo.

Existen tres tipos de crónicas, a saber:

  • Interpretativa: Estilo literario. Se emite juicio de valor.
  • Informativa: Narración puntual y cronológica de los acontecimientos, sin emitir juicio de valor alguno.
  • Opinativa: Se encarga de informar y comentar al mismo tiempo.

Ejemplos de Crónicas Cortas

  1. Relato infantil

Esa noche Juan se sentía indispuesto. Le manifestó a su madre que no quería ir de excursión al día siguiente

Juan no pudo dormir, pasó toda la noche en vela.

Su madre se percató y se levantó a las 2 de la madrugada para dormir con él.

Se hicieron las 7 de la mañana y la mama de Juan le preparo su desayuno favorito, panquecas con chocolate, pero juan no comió. Se sentía indispuesto y algo preocupado.

Las 8 de la mañana del 24 de agosto de 2017 y Juan y su mama salieron al punto de encuentro, de donde partiría la excursión.

Al llegar al sitio a las 10 de la mañana Juan estaba aterrado, sin embargo, al ver a su mejor amiga, Sofía, se le pasó el temor y siguió el recorrido junto a ella.

  1. Hecho histórico

El hundimiento del Titanic

El 15 de abril del año 1912 tuvo lugar una de las mayores tragedias náuticas de la historia; el hundimiento del Titanic.

Aquel viaje era el viaje inaugural del reluciente Titanic. El mismo debería atravesar el océano Atlántico hasta arribar a las costas de América del Norte en Estados Unidos.

Sin embargo, otro sería el destino del magnífico barco: la noche anterior, el día 14 de abril de 1912, cerca de las 23:40 horas, el Titanic chocó contra un gigantesco Iceberg que rasgó el casco de la embarcación de tal forma que, luego de unas cuantas horas, el Titanic se hundió en el fondo del mar.

A pesar de los intentos de la tripulación por solicitar ayuda mediante radio, ningún barco acudió a ellos. Así sin poder ver la madrugada (exactamente   a las 02:20 AM) del 15 de abril el Titanic se encontraba ya sepultado en el fondo del mar.

La tragedia se llevó a más de la mitad de la población (1.600 personas se hundieron con la embarcación cuando el total de pasajeros para ese viaje era de 2.207 personas).

  1. Un viaje

El primer día de nuestro viaje de vacaciones

El micro partió a las 17 horas del día 20 de febrero de este año. Los próximos 10 días los pasaríamos en la cordillera, en la ciudad de Bariloche, provincia de Neuquén, Argentina.

Al llegar a las 12 horas del día 21 de febrero, nos dispusimos a tomar la habitación. Luego de una cálida ducha fuimos al centro comercial para almorzar.

Finalmente encontramos un restaurante que nos gustó a todos. Allí comimos y cerca de las 14 horas regresamos al hotel para emprender la primera salida de nuestras vacaciones: la visita al cerro Otto.

Allí llegamos a las 15 horas y, luego del ascenso, visitamos el museo y la confitería giratoria. Por supuesto no pudimos evitar tomar un café en la confitería y observar el magnífico Cerro Tronador (siempre nevado, siempre espléndido de admirar) a lo lejos.

Más tarde visitamos el bosque que se encuentra de lado sobre el mismo cerro Otto.

Logramos sacar muchas fotografías y, siendo las 19 horas decidimos emprender el regreso.

Luego, en el hotel, cambiamos nuestra ropa y partimos para visitar el centro comercial, realizar algunas compras y cenar mariscos.

Ya cerca de las 23 horas regresamos al hotel, cansados y con deseos de dormir para al día siguiente comenzar otra aventura en familia.

Ejemplo de Crónicas Largas

  1. Emergencias, una noche de guardia en el Hospital Clínicas (Autor: Álex Ayala Ugarte)

Lunes. Diez de la noche. Las paredes amarillas y verdes del Hospital de Clínicas reflejan el trasiego de varios pares de batas blancas. Un grifo que gotea marca con un compás casi fúnebre los silencios. Una ambulancia de la Red 118 de la Alcaldía espera en el parqueo para salir ante cualquier urgencia. Las máquinas de escribir bailan al son del mar de dedos que se les viene encima. La ciudad ya duerme, pero la sala de emergencias está despierta.

Cada noche, todo un mundo abre sus puertas ante la mirada acostumbrada de los doctores. Óscar Romero, jefe de la unidad de emergencias, está de turno. Sus ojos rojos revelan falta de sueño. Una mueca de incredulidad cubre su rostro. El ir y venir de historias es constante. Y él despacha órdenes con la misma seguridad con la que un matarife cercena a su presa. Con todo, este rincón del hospital muestra siempre su propia inercia.

Tres médicos dirigen al equipo cada día: “un cirujano, un internista y un traumatólogo”, explica Romero. El grupo lo completan los médicos residentes, un neurocirujano, que igual hace guardia aunque desde su casa, y los internos. Estos últimos trabajan hasta 17 días seguidos y se deslizan por la sala, repleta, como si fueran “zombies”.

Instantes de una noche

Los cubículos donde se atiende a los pacientes, cinco, son como pequeños escenarios donde se condensan los instantes que dan vida a la unidad del hospital, en continuo movimiento. Por momentos, ninguno está vacío. En el primero, un borrachito duerme plácidamente con la ayuda de un suero que le ha devuelto el color a sus mejillas. El segundo y el tercero, aún sin gente, presentan cortinas descubiertas. En el cuarto, un señor de la provincia Muñecas, con traumatismos, aguarda sumiso en una camilla a que le coloquen la muñeca en su sitio. Y en el último espera un joven con la cara inflamada. Se durmió con varias copas de más y fue atacado por guardias privados en la zona de la Buenos Aires.

El primero en desfilar hacia la calle es el muchacho. No tiene dinero y promete volver al día siguiente. “La mayor parte no regresa”, lamenta el doctor Romero. Ese es el particular infierno de la sala de emergencias, pues los médicos se sienten impotentes cuando los pacientes no tienen con qué cancelar los gastos y sólo pueden autorizar pagos diferidos en los casos más graves, los que se debaten entre la vida y la muerte.

Pese a todo, los insumos no son caros. “Un suero cuesta entre 10 y 12 bolivianos. Una placa de tórax, 53”, comenta Gloria Gonzales, más conocida como la “trica tranca”. “Cada vez que estoy de turno —explica— llegan tres casos de intoxicación, tres de apuñalamiento, tres traumatismos… y así sucesivamente. Atraigo ambulancias (ríe)”.

Dicho y hecho. A las 23.20 se asoma por la puerta el segundo apuñalado de la noche. Es una mujer y los doctores le rodean de inmediato. Tiene en el vientre, adolorido, sangre todavía fresca, y luego de un examen de unos minutos la derivan a otro hospital, pues dispone de un seguro que le cubre en otro centro. “De todos estos casos, así como de los intentos de suicidio, emitimos el parte correspondiente para las fuerzas del orden”, dice la doctora Gonzales.

Tras el rojo sonido de la ambulancia, otra vez de salida, viene la calma, pero apenas dura un cuarto de hora, tiempo suficiente para poner al día expedientes en los que vidas anónimas quedan labradas a través de cifras, letras y signos.

La eterna espera

Afuera, el frío vela armas. Familiares de los accidentados, a veces semidescalzos, mujeres de pollera con el bebé cargado en las espaldas y niños con la piel curtida por el duro sol del altiplano, caliente y frío, tratan de descansar en un par de largos bancos verdes. Sobre sus cabezas, un buzón de sugerencias se alza vacío. A su vera, en la sala de espera, un trasnochado policía trata de dar una pequeña cabezadita. La desvelada acaba de comenzar. Y las frazadas son el único consuelo para personas cuyas esperanzas, a menudo, se congelan.

Dentro de la sala de emergencias, mientras, el ronroneo de la máquina de escribir es el marcapasos que mantiene despiertos a los internos. “Yo como únicamente cuando me acuerdo”, reconoce una de ellas, que se ve arrastrada por las rutinas del centro”. Cuando no hay nada que hacer, una taza de café ayuda a retrasar el sueño. Una televisión está encendida, aunque parece que nadie le presta mucha atención. Y varios cuartos con camas aguardan el descanso, por turno, de los médicos. Los enfermos más graves, entre tanto, duermen en salas aparte, siempre vigilados.

Son las 00.10. Óscar Romero observa sin mucha atención una película en uno de los canales locales y una bocanada de aire gélido anuncia la llegada de una nueva urgencia. Se trata de un clefero que todavía está “volando”. Sus rodillas lucen magulladas. Pese a su apariencia de adolescente, confiesa que tiene 21 años. Y da su alias antes que su nombre, Marcos. Ha sido levemente atropellado en la plaza Abaroa y un par de buenos samaritanos lo han recogido, lo han traído y han pagado sus radiografías. Sin embargo, Marcos se niega a ser atendido. Primero conversa con policías. Luego, con los doctores. Y termina saliendo del hospital apenas sosteniéndose. “Va a volver”, dice Óscar Romero, pero lo cierto es que se pierde en la gran maraña negra de las calles.

Un trasiego constante

Tras su escapada, el vaivén de gente no termina. En el primer cubículo el borrachito retoza unos segundos y sigue durmiendo. En el tres acaban de internar a una mujer con el brazo cortado a causa de una farra. Le acompaña toda una comitiva de jóvenes, a quienes el efecto del alcohol pareciera que les ha pasado de repente. En el dos, un quejido sordo ahoga el resto de las conversaciones y lamentos. Es una mujer de las laderas que vino con un mal en la vesícula, y se marcha porque no le alcanza para las pruebas. En el cuarto, yace una mujer a la que un muro de adobe se le cayó encima en el altiplano. Y en el quinto, un muchacho escuálido, con tos tosca y cerrada, estira su cuerpo en una camilla con síntomas de padecer una bronquitis.

Cada uno llega al Hospital de Clínicas como puede. Unos lo hacen en ambulancia. Otros, en taxi. Y también hay los que aterrizan en minibús. Y en sólo instantes puede producirse el milagro de la vuelta a la vida o el peregrinaje eterno hacia la muerte. “Todo depende de las condiciones en las que uno se encuentre. A veces, son apenas unos minutos los que marcan la diferencia entre la vida y la muerte”, reconoce Romero. “Los días que mayor número de pacientes recibimos —continúa— son los viernes, los sábados y los domingos”.

Cuando el reloj marca la una de la mañana, un señor de traje y corbata abandona el hospital. Le sigue el que parece su asistente, enfundado en unos guantes negros y en un traje de buena percha. “Antes, el centro se caracterizaba por ser el hospital de la gente pobre, pero ahora, con la crisis, vienen personas de toda condición”.

Ni por ser lunes hay tregua. Pasadas las dos de la mañana, un grupo de cuatro policías, todos de negro, ingresa a la sala de emergencias. “Vinieron por lo del caso de apuñalamiento —informa Gonzales—, pero a falta de la paciente lo que están haciendo es tomar los datos de dos intoxicados, pues se trata de claros intentos de suicidio”.

Tras la inesperada visita, el silencio se adueña casi completamente de la sala. Son casi las 4.00. La mayor parte de los médicos duerme. El borrachito, indigente, despierta de su letargo, pide permiso, se acomoda en una camilla en el suelo, se cubre con una frazada y dormita.

Su rostro es parte de los 72 latidos, de las 72 vidas, que cada día como media se encomiendan a los doctores en el Hospital de Clínicas, a unos médicos cuyas caras también cambian cada jornada.

  1. Fidel y Raúl (Jorge Edwards escritor chileno)

A mediados de febrero de 1971, cuando llevaba casi tres meses en Cuba como representante diplomático de Chile, me tocó entrar en contacto con Raúl Castro para organizar la visita del buque escuela Esmeralda a La Habana. Era la primera visita oficial de un barco de la escuadra chilena, después de largos años de ruptura de relaciones, y el Gobierno revolucionario le daba gran importancia al asunto.

Había que evitar a toda costa que los trescientos o cuatrocientos jóvenes oficiales y grumetes en viaje de instrucción transmitieran una imagen negativa de la Revolución Cubana a su regreso a Valparaíso. El presidente Allende en persona había acudido a despedir el barco y se había comunicado por teléfono con Fidel Castro para recomendarle la máxima atención al tema. Y Fidel y Raúl estaban pendientes, con las pilas puestas, como decimos nosotros, dispuestos a emplear todos sus poderes de seducción, que en aquellos años no eran pocos, frente a los chilenos.

Yo había conversado largamente con Fidel en la primera noche de mi llegada a La Habana y había podido sacar conclusiones diversas acerca del personaje. A uno lo citaban en un lugar y a una hora determinada y el encuentro terminaba por producirse en otro y varias horas más tarde. Los ayudantes, los funcionarios, la gente de protocolo, le decían a uno al oído que todo esto obedecía a normas de seguridad, pero también se podía concluir que era una cuestión de temperamento, de gusto, de afición a lo repentino y a lo secreto.

Después, durante la reunión misma, nunca faltaba algún elemento de sorpresa, un golpe de teatro. Yo, recién llegado a mi hotel al final de un largo viaje, cerca de la medianoche, seguía un discurso del Comandante por la televisión cuando el director de Protocolo me llamó para llevarme a cenar en la ciudad. Era una hora extravagante y había viajado desde Lima con escala en México, pero no quise poner dificultades.

Cruzamos La Habana a una velocidad vertiginosa, en el escarabajo VW del director, y en vez de llegar a un restaurante me hicieron entrar a las bambalinas de un gran teatro. Al otro lado de las pesadas cortinas de terciopelo granate se escuchaba la misma voz que había escuchado en el televisor de mi hotel. Terminó el discurso, hubo nutridos aplausos y el Comandante en Jefe apareció detrás de las cortinas. Si hubiera sabido que había llegado, me dijo, habría roto el protocolo y lo habría llevado a la tribuna. Habló con otras personas, entre ellas con el político chileno Baltazar Castro, y desapareció seguido de su séquito por una portezuela que daba a la calle.

“Ahora te voy a llevar a una entrevista en el diario Granma”, me dijo entonces Meléndez, el de Protocolo. ¿No es un poco tarde para entrevistas?, tuve la ingenuidad de preguntar, mirando mi reloj. Pero la hora, en las revoluciones, tenía otro sentido. Y un rato más tarde me encontraba sentado en la dirección del Granma, frente a un grupo de periodistas que sonreía y me hacía preguntas vagas sobre mi viaje. Hasta que se abrió una puerta lateral, entró Fidel Castro y se sentó en una silla que estaba al lado de la mía. De las bambalinas del teatro anterior pasábamos a un escenario más privilegiado y exclusivo.

En medio de la conversación, Fidel de repente dio un salto. ¿Cómo era posible que no hubiera vino chileno en la mesa? Se abrieron otras puertas, como si el guión estuviera bien estudiado, y entraron botellas de un vinillo que producía Baltazar Castro, el político que acababa de conversar con Fidel. La conversación, a todo esto, ya había adquirido otro tono. Dije que podía encargarme de que se exportaran vinos chilenos de mejor calidad a la isla y Fidel replicó: “Tú eres encargado de negocios, pero de negocios no sabes nada, porque eres escritor´. Me reí bastante, ya que Baltazar Castro, don Balta, también era escritor, novelista prolífico, aunque, en honor a la verdad, más bien mediocre en su manejo de la escritura. ´¡Estos escritores chilenos son unos diablos!´, exclamó entonces Fidel, de humor excelente, y la conversación se prolongó hasta altas horas de la madrugada.

Llegué a una entrevista de trabajo con Raúl Castro, en vísperas del arribo del buque escuela, y empecé a comprobar que el ministro de las Fuerzas Armadas era el exacto reverso, casi la antípoda, de su famoso hermano. Tuve la impresión, incluso, de que manipulaba el contraste en forma deliberada. Ser hermano del Líder Máximo no debía de ser fácil, y el juego de las oposiciones probablemente ayudaba a mantener el tipo.

Sonó la hora precisa de la cita y la puerta del despacho ministerial se abrió. Raúl, mucho más bajo que Fidel, más pálido, lampiño, en contraste con la barba guerrillera, frondosa y famosa, del otro, era un hombre amable,que hasta podía resultar simpático, pero de una cordialidad evidentemente fría. Estaba sentado detrás de una mesa de escritorio pulcra, impecablemente ordenada, y supe que ahí no cabía esperar sorpresas ni golpes de efecto de ninguna especie.

Sus servicios, entretanto, lo habían previsto todo: la entrada del barco al muelle, el transporte por tierra de la tripulación, el programa oficial hasta en sus menores detalles. Habría que asistir a tales y cuales ceremonias y pronunciar tales y cuales discursos de tantos minutos de duración cada uno. El personal a cargo tendría las respectivas ofrendas florales preparadas.

Y el ministro procedió a entregarme carpetas cuidadosamente preparadas con el programa, mapas de acceso, credenciales, contraseñas. Convenía, dijo, antes de la despedida, que se produjo al cabo de media hora justa de reunión, que visitara los recintos de la Marina de Cuba, donde los radares registraban minuto a minuto la navegación del barco nuestro. Lo hice, desde luego, y debido, quizá, a mi total ignorancia, me quedé asombrado por el control perfecto de la situación del buque en los mares caribeños.

Los marinos chilenos visitaron instalaciones militares guiados por Raúl Castro y debo decir que hicieron comentarios sorprendidos y hasta elogiosos de la eficacia defensiva de lo que habían visto. En esta etapa, la voz cantante en el proceso de seducción de los oficiales de la Esmeralda, la sirena de turno, era Raúl, no su hermano Fidel.

Pero hubo más tarde un detalle revelador. Ernesto Jobet, el comandante de nuestro barco, ofreció una recepción a todo el Gobierno y el cuerpo diplomático. Ahí hubo roces y tropiezos de toda clase y a cada rato. Protocolo me pedía permiso para hacer una completa inspección del buque por motivos de seguridad. El comandante Jobet contestaba que por ningún motivo: él, en su calidad de anfitrión, respondía por la seguridad de sus invitados. Y jamás, por razones de principio, admitiría el ingreso a su barco de gente armada.

El día de la recepción, Fidel Castro apareció en el muelle de repente y subió en compañía de una escolta provista de grueso armamento. Fue un momento de tensión extraordinaria. Media hora más tarde ingresó con toda su escolta a la sala privada del comandante chileno. Se produjo ahí una situación notable: el comandante Jobet, con un gesto, le pidió a Castro que expulsara a los intrusos, y éste, con un dedo, les ordenó retirarse. La reunión no podía partir en un ambiente peor. Pero Fidel, al poco rato, tuvo una idea brillante: invitó a Ernesto Jobet a jugar una partida de golf a la mañana siguiente y todos los tropiezos del día quedaron aparentemente superados.

Me imagino que Raúl Castro, con buen olfato, previó estos problemas de antemano. De todos los personajes importantes invitados a la fiesta del buque escuela, fue el único que no asistió. A pesar de haber sido el organizador de la gira. No quería provocar conflictos y prefirió, una vez más, asumir un perfil bajo. No le gustaba, sin duda, estar en el mismo barco en compañía del hermano mayor, sobre todo cuando el otro acaparaba todas las cámaras.

En buenas cuentas, la actitud de Raúl fue prudente y astuta, además de organizada. Fidel y su escolta, en cambio, metieron la pata a cada rato. Pero Fidel, con su chispa, con su sorprendente invitación a un deporte británico y tradicional, ganó la partida. Al menos en el primer momento. Dos días después, cuando el buque se preparaba para zarpar, Ernesto Jobet impartía terminantes instrucciones a sus subordinados para que escribieran cartas, todas las cartas que pudieran, a sus familiares y amigos. Era una operación discreta y eficaz de contrapropaganda. Algunos grumetes habían sido invitados en la calle a la casa de un médico cubano y habían comprobado con extrañeza que no estaba en condiciones de ofrecerles una modesta cerveza o una taza de café. ¡Cuéntenlo todo!, exclamaba Jobet, con una sonrisa socarrona.

Alrededor de tres años más tarde, se supo que la Marina había sido la primera en iniciar, con veinticuatro horas de anticipación, las operaciones que condujeron al golpe de Estado contra Allende. Pensé en los tripulantes de la Esmeralda y en la posibilidad de que alguno, más de alguno, estuviera implicado en ese proceso. Era una historia terrible: un reflejo lateral, menor, pero no por eso menos dramático, de un gran conflicto político del siglo XX. En el episodio de la visita de los marinos, según mi balance final, Raúl había sido prudente, además de ausente cuando convenía, y Fidel había sido teatral, excesivo, palabrero, improvisador. Ninguno de los dos, en cualquier caso, habría podido evitar nada, y temo que sus amigos chilenos tampoco.